Por un libertario de izquierda auténtico
—¿Por qué reseñar libros que no te gustaron?
—Lo único importante es compartir pensamientos.
El primer impulso que me llevó a pensar esta reseña fue la indignación que me generó el libro de Luis Diego Fernández: Manifiesto libertario de izquierda ((i)nterferencias). Pero advertí que éste es un estado anímico equivocado para encarar una reflexión y por eso bajé un cambio y voy a comentarlo desde otra perspectiva. Lo escribo esperando que él tenga razón y yo, con mi crítica, estar equivocado.
¿Por qué mi enojo? Básicamente, porque es un libro que solo podría escribir un progresista (y que seguramente solo lea un progresista), pero que critica radicalmente al progresismo, “odia” al progresismo, como se puso de moda desde hace un tiempo. De hecho, afirma que a la “izquierda libertaria la llamaré antiprogresista” (p.87), aunque lo que el libro pretende, como dice en el prefacio, es ampliar la imaginación de los “lectores progresistas” (p.17).
¡¿Eh!? Toda la bibliografía que usa y los conceptos a los que recurre, para bien y para mal, son los utilizados desde hace medio siglo por los pensadores “progresistas”, principalmente los seguidores de pensadores franceses —obviamente que estos pensadores NO ERAN progresistas cuando formularon sus pensamientos, fueron estos discípulos y fans los que los convirtieron en eso. A veces, discutir con el progresismo es como escupirle a la imagen que no se quiere ver en el espejo.
De cualquier manera, lo que más le molesta a Luis Diego del progresismo son su wokismo y su política identitaria: hay que “evitar caer en la trampa de las identidades”, afirma. Comparto totalmente. Por eso no creo que alguien SEA gay, SEA hétero o SEA…izquierdista libertario: cada uno es esto o aquello de acuerdo a la situación en la que se encuentra. OK. Según como se sienta. OK. Según si se porta bien o si se porta mal. Según los planteos de Luis Diego, imponerles una identidad fue el gran error del progresismo en su defensa de las minorías. En esta lógica, uno, yo, ni siquiera es uno, es muchos. Hermoso. Salvo para el libertario de izquierda, que es siempre lo mismo aunque sea un libertino, un flaneur, un dandy o un poeta maldito —figuras a las que Fernández recurre en el libro.
Ahora bien, tenemos que entender que estas figuras tan importantes en la historia del pensamiento fueron marginales y repulsivas en sus respectivos momentos, que incomodaron a la sociedad, y que la sociedad, como evolucionó (en parte, gracias a ellos), los colocó ahora entre sus mayores celebridades —lo hizo hasta con la irrecuperable figura del marqués de Sade, o sea.
Dicho de otra manera, leyendo el Manifiesto me siento un libertario de izquierda. Advierto, de hecho, que lo era desde antes en realidad, pero que, coherente con mi militancia antidentitaria, no me gusta ser catalogado con una identidad, aunque sea con la que me identifico. Una identidad, por otro lado, tan plástica y a la vez tan férrea como la del libertario de izquierda que describe Fernández.
“La vida del libertario de izquierda —nos dice Luis Diego— es experimental, hedónica y diversa”. A la vez es “solidaria”, “desobediente”, a favor de “leyes y normas inclusivas”, “vidas plenas y libres”, “subjetividades no identitarias, antiproductivistas, anárquicas y estetizantes”. No lo pienso dos veces: yo quiero un mundo habitado por esas subjetividades —de hecho, tengo la impresión de que una dimensión de mi vida se desarrolla de este modo tan placentero. ¡Vamos por esas posubjetividades!
Toda la bibliografía que usa y los conceptos a los que recurre, para bien y para mal, son los utilizados desde hace medio siglo por los pensadores “progresistas”, principalmente los seguidores de pensadores franceses.
Pero a este proyecto tan revolucionario, a esta deriva tan deseable, le falta lo que sucede cuando alguien se pone a experimentar con sus placeres. Tiene que ver con una experiencia que a Fernández le interesa mucho, ya que escribió un libro sobre la cuestión (que me pareció mejor que el Manifiesto, de hecho): Hedonismo libertario. El problema es muy simple: ¿qué entendemos, qué experimentamos como hedonismo?
Ahora adelanto mi idea: para disfrutar de placeres transgresores, de esos en los que el/la que disfruta pierde literalmente la cabeza, y que son los únicos que valen la pena en una sociedad que se autopercibe como hedonista (todo pareciera volcado hacia el placer individual), hay que tener una doble vida –hay que tener N cantidad de vidas. En una dimensión de nuestra vida es obligatorio conseguir los medios materiales necesarios para liberar otra dimensión de nuestra existencia, en donde podremos (en donde deberíamos) jugar con nuestra identidad y también con nuestros placeres. La vida hedónica es compleja, densa, contradictoria.
Y entonces aparece el verdadero problema, pues en el fondo nadie sabe, realmente, qué le da placer. O mejor dicho: todo el mundo reduce sus placeres a lo que le gusta, y rechaza el resto —reduce su mundo a lo que le gusta, sin problematizar cómo llegó a gustarle eso y no lo otro y lo otro, etc. No hay que ser hipócritas. Nadie tiene derecho a decir que algo no le gusta o no le da placer si nunca lo probó, y si lo probó y no le gustó, no le gustó en ese momento, pero tal vez en otro momento todo cambie, incluso lo que nosotros somos.
Ergo, ¿qué es el placer? ¿Se puede limitar el placer? ¿Será libertario limitar el placer? Son preguntas que tarde o temprano surgen en una vida hedonista.
Debo decirlo: el hedonismo es tal si logra llevar al pensamiento a pensar lo impensable, su suicidio, pues el placer y su rizoma de intensidad conducen obligatoriamente a disfrutar del último goce —esta idea marcó toda la historia del pensamiento hedonista hasta la Época Moderna, que convirtió al suicidio en un crimen.
Por último, en el capitalismo tardío, en los países dependientes, la pregunta por el hedonismo es más compleja aún, ya que siempre se gozará sobre un fondo de miseria innegociable: es difícil saborear una sopa cuando se está muerto de hambre.
Frente a este panorama no resulta tan fácil proponer una vida antiproductivista. De hecho, un libro que critique a esta sociedad desalmada y que pretenda transformarla y mejorarla es finalmente un libro “productivo”, más allá del dinero que esta mercancía produzca.
Habría que escribir libros que colaboren en arruinar esta sociedad injustificable que ignoramos cómo supimos construir.