El guardavidas como vigía de la inmensidad
En ocasión del período de vacaciones de verano en la Argentina, pero muy especialmente a propósito de los últimos comportamientos imprevisibles y extraños de la marea en la costa atlántica durante el mes de enero, y de las imágenes que recorrieron los medios de comunicación sobre la labor de los guardavidas ante esos inesperados y peligrosos acontecimientos, propongo aquí una reflexión sobre la figura del guardavidas; porque en ella que se condensan, en acto, problemas propios de nuestro tiempo; pero también, y sobre todo, una forma posible, alternativa, ético-política, de mirar, de relacionarnos con el cuerpo, con la naturaleza y con los otros.
No es novedad que los cambios climáticos, producto de un capitalismo feroz e insensible al cuidado del medioambiente, están afectando cada vez más nuestras condiciones de vida y, para algunos, poniendo en riesgo nuestra posibilidad de supervivencia en el planeta tierra. No es novedad, tampoco, que un estadio líquido de la economía y la trama social a nivel global, ha modificado nuestra forma de estar en el mundo y de vincularnos, a favor de la individualidad, la virtualización de la existencia, y el “sálvese quien pueda”; esto último, muy crudamente, en el panorama político local.
Sin embargo, en este contexto y como si este contexto no existiera, las familias de una dudosa clase media, media alta y media baja, se recrean en las diferentes playas de la costa atlántica, con mayor o menor nivel adquisitivo y poder de compra, y con mayor o menor conciencia de su condición de explotados, pero con un centro de reunión común: el mar. Y el mar parece ser para todos el mismo, parece tratarlos a todos igual, y ciertamente es hacia donde todos miran; desde San Clemente y hacia el sur, ya sea que hayan llegado allí en micro, en sus más o menos modernos vehículos particulares o en sus camionetas de lujo, olas de vacacionistas, por algún motivo, vamos al mar. Y el mar nos recibe. Pero el mar no nos mira. El mar no nos devuelve la mirada porque el mar, en su horizontal inmensidad, carece punto de vista. Y eso que no nos mira y sin embargo miramos, tiene algo que enseñarnos sobre el acto de mirar.
Según el filósofo Gilles Deleuze en La isla desierta “el hombre no puede vivir, en condiciones de seguridad, más que si se supone acabado (o al menos dominado) el combate entre la tierra y el agua”, y ese combate no sólo no ha acabado, sino que promete volverse cada vez más desafiante, como consecuencia del calentamiento global y otras prácticas humanas de devastación de los recursos naturales. Pero también en términos simbólicos y de nuestro imaginario, no estamos seguros, estamos en guerra. Y la tierra y el mar nos hablan al respecto. Los orígenes y el deseo de una humanidad más integrada nos llaman. Pero un ensimismamiento propio de nuestro tiempo nos impide descifrar ese lenguaje. Sin embargo, en cuanto la alienación de nuestra rutina laboral se corta (brevemente para el trabajador medio) al agua y a la tierra nos dirigimos para entrar en contacto con ellos. Queremos escuchar y refundar nuestra existencia en el mundo, y no sabemos cómo. Y nuestra forma de atender el llamado de lo absolutamente extraño, que es la naturaleza y su misterio - y su mensaje - resulta a veces accidentada y por lo general insuficiente, poco significativa.
El guardavidas mira, desde lejos y desde arriba, desde la tierra, a esa distancia justa que le permite una mirada general, de colectivo, y a la vez la posibilidad de singularizar y activar con tiempo suficiente el rescate, si es necesario.
En este sentido, la figura del guardavidas - y lo que ella encarna - viene a mostrarnos algo: él tiene otra relación con el lenguaje de la naturaleza pero también con el del hombre, él sabe cómo ver la inmensidad, y especialmente, cómo ver al otro en la inmensidad, y cómo interactuar con ella para el cuidado del otro. Su función es vigía, no paternalista ni autoritaria. El otro, el bañista, el vacacionista, el nadador, el surfista, entra al mar y eso no es alarma. El mar se encarga de ese cuerpo que ahora forma parte de su territorio. Y el guardavidas permite y observa. Porque ese cuerpo que entra en relación con el mar, es ahora cosa del mar. Y el mar lo sube, lo baja, lo arrastra, lo sostiene. Por eso el guardavidas se abstiene y deja que ese cuerpo humano mida sus propias fuerzas, pruebe su posibilidades y sus limites, goce el encuentro con el agua y su movimiento. Pero a la vez, el guardavidas mira, desde lejos y desde arriba, desde la tierra, a esa distancia justa que le permite una mirada general, de colectivo, y a la vez la posibilidad de singularizar y activar con tiempo suficiente el rescate, si es necesario.
La del guardavidas es una mirada política. Ni dictatorial ni neo-liberal. En todo caso, su saber hacer es político y también filosófico, o más bien es político porque es primero filosófico, dada su capacidad de PERCIBIR DE OTRA MANERA. Se trata de una forma singular de percibir el mundo y relacionarse con él. Porque él conoce al mar, y sabe del mar, pero también sabe que con el mar “nunca se sabe” y es su propia conciencia sobre lo insondable lo que le permite ver JUSTO lo que debe ver para salvar a otros. La extensa jornada en el mangrullo sin dispositivos tecnológicos de ninguna clase, sin conversaciones distractivas, y a penas satisfaciendo sus necesidades físico-fisiológicas primarias, le permite al guardavidas desarrollar una mirada que es de conjunto pero que también es para cada uno. Una mirada ética. Que decide cada vez, en cada caso, si es necesario “entrar”. Porque ese “entrar”, esa intervención sobre la situación, debe ser muy conciente y regulada, debe ser por exclusiva necesidad, y por el bien común; y nunca fundada en un temor propio sobre el estado de situación o sobre su propio desempeño, y mucho menos a favor de su lucimiento personal. En cada “entrada” al mar, el guardavidas pone en funcionamiento un dispositivo, y activa la reacción de los puestos vecinos, desde los cuales los guardavidas laderos también deben interpretar inmediatamente la urgencia y “entran” cruzados con él para el rescate. Los guardavidas no operan solos, también en la distancia establecen un vínculo con sus compañeros, un vínculo político de reacción y trabajo conjunto. Y decidir activar esa maquinaria debe ser un gesto muy preciso, porque implica un desgaste de fuerzas, individuales y colectivas, que es necesario saber administrar para el resto de la jornada, ya que además por un momento pierde ojos sobre mar en general para atender la emergencia en particular, y pone en estado de alarma la playa; con las consecuencias, buenas y malas, que ese estado pueda traer.
Al mismo tiempo debe ser capaz de interpretar la duda como una señal para su accionar. Como lo expresa Daniela, guardavidas de Costa del Este con quien conversamos, “ante la duda, no hay duda”, porque, en la lógica de pensamiento del guardavidas, la duda ya es certeza de la necesidad de actuar, y con eso alcanza para que esa acción - que no se escatima - salve una vida, si el riesgo era real; o resulte en un aprendizaje para discernir con más agudeza la próxima vez. Entonces, para saber cumplir su función efectivamente ¿cómo mira un guardavidas? ¿dónde está puesta su atención? ¿cuál es su estado de conciencia? Un guardavidas primero construye un cuerpo que responda ante la necesidad y luego lo dona. Un guardavidas mira a la vez sus propias posibilidades respecto de la fuerza y el comportamiento de la naturaleza, se vincula activamente con el tiempo y el espacio, mira el vínculo a distancia con sus compañeros, atiende el mar y el viento como una dimensión conocida y a la vez imprevisible y vigila la actividad recreativa en general de aquellos cuyas “vidas” “guarda”, y la singularidad de ESE O ESOS EN PARTICULAR que lo necesitan, y lo necesitan ya. Interesante posición de la mirada, el cuerpo y la conciencia en un mundo de hiper - conexión y absoluta incomunicación con nosotros mismos, con la naturaleza, con los otros y con el mundo. Sin mencionar que gran parte del saber específico de un guardavidas se juega en la orilla, en el saber entrar y salir de las situaciones sólo cuando las situaciones lo requieran, y de jugar con lo inconmensurable un juego desafiante pero también responsable y respetuoso.
Los guardavidas no operan solos, también en la distancia establecen un vínculo con sus compañeros, un vínculo político de reacción y trabajo conjunto.
En palabras de otro de los miembros del operativo de guardavidas de la misma playa, con quien estuvimos en diálogo a propósito de este texto, la tarea del guardavidas depende en gran parte de “la emoción de estar alerta”. Una emoción que la tecnologización de la vida nos ha arrebatado, cuando la única alerta que conocemos es la de la notificación de nuestros celular, cuya fugacidad la convierte en intrascendente una vez abierta, sin mayores consecuencias.
Como dice Deleuze “el combate entre la tierra y el agua no ha terminado” y en ese combate se reinicia el mundo. Y la emoción de la playa cuando se produce un rescate, los aplausos y el alivio de saber que somos un colectivo, que a cada quien su función, que dicha función ejercida con compromiso y amor nos salva a todos, da prueba de ello. Anhelamos, gozamos la posibilidad de otro mundo. Y estamos, lo sepamos o no, en un eterno combate que puede tomar formas variadas, pero que requiere de una conciencia atenta y emocionada para marcar la diferencia con respecto a la insensibilidad patológica que domina hoy nuestro mundo, un mundo que, por lo mismo, está en decadencia. Por eso, en la figura del guardavidas encontramos refundadas y amplificadas cualidades propias de un ser ético-político que con su saber, pero también sólo con su cuerpo, se aventura a la tarea del rescate. Algo de la necesidad de refundar un mito, y reconstruir nuestro lazo con lo divino, la naturaleza y los hombres, para un resurgir social más significativo, también se juega ahí. Y no se trata de exaltar o romantizar esta figura como la de un héroe, se trata más bien de visibilizar que allí donde no miramos (las casillas, los puestos, los márgenes de la playa, los márgenes en geneal pero especialmente los de la mirada) hay quienes ejercen una función VITAL, que es la de hacer, como dice Spinoza, del punto de vista un ACTO. Desde dónde, qué y cómo mirar es un acto, y un acto político.
Podríamos extender esta reflexión a otras profesiones y actividades humanas también desvalorizadas en el mundo de hoy, respecto de las que el guardavidas funciona como metáfora, porque él sabe que ver al otro en estado de emergencia debe ser en simultáneo al acto del rescate. No hay nada que esperar, ni nada que conversar. Los devaneos y desacuerdos internos, la búsqueda imposible de un consenso, el desgaste estéril de las fuerzas para un beneficio personal, nos están dejando en la actualidad un saldo inadmisible, inhumano de ahogados. Tal vez en un panorama político y social de aislamiento y devastación como en el que estamos, todos necesitemos aprender cómo mirar y que mirar es también actuar; y sobre todo, cuando es el momento preciso para “entrar”. Tal vez a partir de esta forma de mirar podamos restituir una dimensión mítica en la que lo divino, lo humano y lo natural no se separan, para que nuestra existencia esté reunida: porque la vida de los otros y la nuestra no son dos cosas distintas, somos un cuerpo social y somos una VIDA colectiva que GUARDAR. Las fuerzas históricas a las que nos enfrentamos nos requieren alertas pero también emocionados. Saquemos los ojos de las pantallas. Pongamos el cuerpo en ese borde entre el agua y la tierra, y hagamos como el guardavidas. Porque parece que va siendo momento de entrar.