Crónica de una Voluntad: La Patria recuperada un 24 de febrero

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    80 años del triunfo de Perón

Crónica de una Voluntad: La Patria recuperada un 24 de febrero

24 Febrero 2026

Veníamos de un tiempo de espejos empañados y silencios impuestos, de una Argentina que se miraba en las vidrieras de Europa mientras sus propios hijos permanecíamos invisibles en los márgenes del mapa. Era el país de las mayorías postergadas, donde los trabajadores éramos apenas una cifra en la contabilidad de las élites y el artista, un espectador de lujos ajenos. 

De ese vacío institucional, de esa patria que parecía detenida en un sueño conservador, llegamos al estallido de luz del 24 de febrero de 1946. Aquella jornada no fue simplemente un recuento de voluntades en las urnas; fue la culminación de una larga marcha que había tenido su bautismo de fuego aquel octubre anterior, cuando los descamisados nos lavamos las heridas y la historia en las fuentes de la Plaza de Mayo.

Lo que aquel domingo de verano se gestó fue el alumbramiento de un movimiento nacional y popular que, como un vendaval, barrió con la vieja gramática de la exclusión. Para la mirada sociológica, se trataba de la irrupción de una nueva subjetividad política: el paso de la masa inerte al pueblo organizado. 

No era solo la victoria de una fórmula electoral frente a la tutela extranjera encarnada en la dicotomía "Braden o Perón"; era la refundación de un contrato social basado en la soberanía y, sobre todo, en un profundo amor a lo propio.

En el centro de este torrente humano, la figura de Eva Duarte emergió no soóo como compañera, sino como el alma vibrante del despliegue territorial. Su presencia – la primera mujer en acompañar a su pareja en una campaña presidencial - en aquel tren "El Descamisado" que, junto a Juan Domingo Perón como candidato, recorría, luego de atravesar nuestro Norte argentino, las estaciones de la provincia de Buenos Aires — desde Temperley hasta Bahía Blanca, de las plegarias en la Basílica de Luján hasta los discursos bajo el sol de Chivilcoy —, marcaba una ruptura definitiva. 

Evita era el puente sensible, la voz que traducía el lenguaje del poder al idioma de la necesidad. Sin embargo, la historia nos susurra que este ascenso no estuvo exento de asperezas. En los pliegues del movimiento, existía un recelo humano, casi inevitable, entre algunas compañeras que miraban con desconfianza la velocidad de su liderazgo y esa luz propia que amenazaba con eclipsar las jerarquías tradicionales. Pero fue precisamente esa tensión la que forjó un acero nuevo: Eva no buscaba encajar en las estructuras, buscaba dinamitarlas para que todas pudieran pasar. Y como nadie puede salvarse solo en el laberinto de su propia individualidad, ni bajo el amparo de esos egoísmos que nos vende el mercado como si fueran libertades, el verdadero milagro ocurrió cuando dejamos de ser personas aisladas y conformamos una masa de trabajadores con intereses comunes, encendidos por un espíritu de comunión con algo mucho más trascendente que nosotros mismos. 

Es este movimiento justicialista el que, por primera vez, dictó en las urnas la sentencia de que vinimos para quedarnos, porque los derechos de los humildes dejarían de ser un sueño para convertirse en una realidad palpable, inscribiéndose en la historia de nuestro país para siempre, hasta que la amorosidad del encuentro nos lleve a cumplir, finalmente, el sueño sagrado de la Patria Grande.

En ese cauce de transformación, el arte dejó de ser un adorno de salón para transformarse en el latido mismo de la militancia. Fue la primera vez que la política habló el idioma de los sentimientos, y ahí estuvimos nosotras, las mujeres del movimiento, las compañeras que fundieron su oficio con el activismo para darle mística a la esperanza

Para ejemplo dos que fueron la voz del tango: Juanita Larrauri y Nelly Omar. Juanita, con su voz de pueblo y su compromiso inquebrantable, mujer de la porteña Floresta, “cancionista” de éxitos como “Castigo”, “Sueño fue”, y “Mama… ¡yo quiero un novio!”, hasta que la su devoción a Evita y Perón la llevó a militar en el justicialismo desde el primer minuto, siendo motor de la participación de la mujer en el justicialismo, senadora nacional por Entre Rios, y “la voz” del himno de las muchachas del partido Peronista Femenino “Evita Capitana”, hasta prolongar su militancia en la Resistencia y en el retorno de Perón en los ’70.

Nelly Omar, cantante de tango y folclore, nacida en la bonaerense Guaminí, triunfó en su época con los temas “Adiós Pampa Mía”, “Sus ojos se cerraron” y “Canción desesperada”. De éxito en radio y cine, fue la musa el amor de Homero Manzi, inmortalizada en “Malena”. Amiga de Evita desde sus tiempos de actriz, adhirió al naciente movimiento, al punto de interpretar “La Descamisada” y “Es el pueblo”, emblemas del sentimiento peronista. Perseguida, logró años después retomar su carrera y ser reconocida en estas últimas décadas entrado el nuevo siglo.

Ellas, y otras tantas que no sólo prestaron su arte al movimiento sino que lo habitaron como quien habita una casa recuperada. Ellas fueron la vanguardia de una estética de la dignidad, artistas que entendieron que la representación genuina nace cuando el corazón y la idea vibran en la misma frecuencia. Juanita y Nelly, junto a tantas otras que vencieron los prejuicios internos y externos, demostraron que la cultura era la herramienta definitiva para la emancipación.

Aquel febrero, la Argentina no sólo eligió un presidente; eligió, para siempre, dejar de ser una nostalgia ajena para convertirse en su propia y definitiva victoria. Se selló un pacto de lealtad donde el destino colectivo ya no se escribiría en despachos cerrados, sino en la memoria de un pueblo que aprendió que la dignidad es un derecho que se conquista cantando, trabajando y, sobre todo, organizando la esperanza.

Ese glorioso día, más que una fecha en el almanaque de las instituciones; fue el instante sagrado en que el pueblo, las masas, las cabecitas negras, decidimos ser arquitectos de nuestro propio destino. A partir de ese momento, comenzó un romance donde la patria se puso de pie, iniciando una historia de amor que todavía continúa latiendo, aunque pretendan decirnos lo contrario. El abrazo definitivo entre un líder y su gente, la partida de nacimiento de una dignidad que transformó la resignación en la victoria absoluta del deseo cumplido. No fue sólo un acto político y ciudadano, sino la historia de amor más grande, que, aunque nos digan lo contrario, todavía continúa habitando nuestro suelo.

*La autora es docente.