La bola de nieve
Habíamos salido temprano. La noche anterior me había llamado para pedirme que lo acompañara a algunos lugares. No le pregunté a qué lugares y sí le pregunté si debía ir armado. Me respondió que no.
El Sueco habla poco y yo menos que poco. Lo esperé en la plazoleta frente al edificio. Era domingo y la avenida desierta y los negocios cerrados respiraban en un fondo de paz submarina. Tanta quietud me ponía nervioso.
Aunque el Sueco manejaba por el carril rápido de la autopista, el aire acondicionado y la música casi inaudible de la radio terminaron por sedarme. No había dormido mucho porque los fines de semana Elvira sale más tarde del trabajo y voy a buscarla.
Dos horas después me desperté mientras detenía el auto sobre un mojón de pasto. Desde ahí una ruta de una sola mano se bifurcaba en dos caminos angostos de tierra. Bajamos y fuimos por uno de los caminos campo adentro con la maleza hasta la cintura. Habremos tardado entre diez y quince minutos en llegar al anillo de pasto quemado que rodeaba a la prefabricada color hueso con techo a dos aguas de la misma madera.
El Sueco permaneció estático unos instantes. La miraba sin decidirse a qué hacer. En un costado, media torcida, había una casilla, pequeña y sin puerta –una letrina, supongo–, y en el otro costado un caño con canilla debajo del cual habría una bomba de agua. Creí que nos daríamos media vuelta y volveríamos al auto. Sin embargo, repentinamente, él tomó impulso, arrancó los restos de fajas judiciales que cruzaban la puerta de chapa y la ventana, y con dos patadas abrió la puerta.
Cuando entramos el olor a podredumbre se nos vino encima como un animal que había esperado largo tiempo agazapado, pero ya había perdido fuerza para morder. El Sueco me dijo que no cerrara la puerta y abrió la ventana. La luz solar no aplacaba el desastre. Al contrario. El interior era más grande lo que aparentaba desde afuera. El piso de listones era un campo minado de bollitos de clínex, tampones usados, ceniceros llenos de puchos, latas de cerveza aplastadas, botellas vacías, platos desperdigados con restos pegados de comida. Había una mesa con una pila de diarios viejos y sobre ella tres o cuatro libros y sobre una silla la cual descansaba un bolso abierto con ropa revuelta. Arriba de un anafe colgaba una campana oxidada y en las repisas había algunas ollas, una pava, una bolsa de carbón y latas de comida. Las arañas se habían apropiado de la bicicleta de gomas desinfladas.
A poca distancia del colchón cubierto casi por completo de manchones de sangre seca, el Sueco giró hacia la pared en la que se veía pegada con cinta scotch una polaroid descolorida. Una chica de veinte años, remera roja, sentada a una mesa de cemento al aire libre, sonreía feliz a la cámara. Las puntas del pelo lacio, idéntico al del Sueco, se le derramaba en los hombros.
–Un día dejó de tomar las pastillas y se fue de la casa de mi mamá. Por unas semanas le perdimos el rastro hasta que me llamó una noche para decirme que había venido para acá. Dijo que era el único lugar donde no escuchaba las voces. No dijo más y cortó.
Despegó cuidadosamente la foto y se la metió en el bolsillo de la camisa.
–No volvió a llamar. Yo tampoco volví a llamarla. Tendría que haberla obligado a que volviera al psiquiatra y a que viviera de nuevo con mi mamá. Lo peor es que no sé por qué ni lo intenté. Preferí callar y salimos.
La segunda parada fue frente a una herradura de árboles que cerraba el camino. Bajamos, el Sueco abrió el baúl y sacó la urna de madera oscura. Nos metimos entre los árboles, atravesamos una zona de árboles hasta un brazo de agua resplandeciente. Los patos flotaban quietos cerca de la orilla bajo un sol de noviembre que ya se hacía sentir.
El Sueco se arrodilló en la orilla, destapó la urna y arrojó las cenizas, que inmediatamente formaron espirales tornasoladas que la corriente empujó, como a desgano, hacia quién sabe dónde. Cuando se nos perdieron de vista, el Sueco se incorporó y bordeamos el agua, cruzamos un puente corto de madera y nos desviamos por el otro lado hacia la estación abandonada.
El humo de las fogatas había ennegrecido los muros y los cielorrasos del hall. Los sonidos de nuestros pasos se mezclaban con los goteos que venían de los baños. El reloj se lo habían robado hacía tiempo y la boletería había sido tapiada con madera y alambre.
El Sueco caminó hasta el rincón de un círculo de piedras que encerraba una bola de nieve de vidrio sobre una base de plástico rojo. Se agachó, agarró la bola, estirando el brazo y sin pisar adentro del círculo, y en su lugar apoyó la urna.
–Qué raro que le duró tanto –dijo mirando la bola–. Se la regalaron cuando era chica. Es tuya.
Me la dio y salió a sentarse en el borde del andén. Agité la bola y los copos giraron en torbellinos alrededor de la casita alpina. Esperé a que se detuvieran y la agité de nuevo. De repente me resultó penoso darme cuenta de que cada uno de esos copos jamás volvería a estar donde habían estado antes. Salí del hall a sentarme junto al Sueco.
–Gracias –le dije.
Él encendió un cigarrillo y asintió con la cabeza. La agité otra vez. Y otra y otra. Muchas veces.
–El próximo trabajo es un camión de caudales –dijo el Sueco con los puestos clavados en las marañas de cardos secos que cubrían la trocha–. Si querés abrirte estás en todo tu derecho.
Una bandada de cotorras cruzó el cielo frente a nosotros. Y así un tren hubiera venido de la nada a buscarnos en ese mismo momento, ninguno de los dos se habría ido a ninguna parte.
Pensé en Elvira y sus miedos. Pensé en mis miedos. Los miedos. Los miedos y sus castigos sofisticados minuto tras minuto. No hay nada más efectivo y letal que el miedo. Me la paso recorriendo sus pasillos de charcos de agua podrida y perros aparentemente hipnotizados que me miran como si no pasara nada. El miedo no te mantiene vivo, te mata de a poco.
El Sueco me convidó un cigarrillo.
–No voy a abrirme –le dije y agité la bola.
Me cuidé de no agitarla durante el regreso, pero juro que me costó. La tarde moría roja y tibia cuando el Sueco estacionó frente a la plazoleta. Me dijo que pronto me llamaría. Le respondí que estaría a la espera, me bajé del auto y esa fue toda la despedida. Entré al departamento como si hubiera regresado de un largo viaje. Elvira roncaba con un brazo fuera de la cama y el otro apoyado debajo del pecho. Sólo tenía una hora más de siesta antes de despertarse para ir al bar. Abrí el ropero intentando hacer el menor ruido posible. Agité la bola y la guardé en el cajón junto a la pistola. Me di una ducha para sacarme el olor a muerte, me tomé una lata de cerveza en la cocina, me puse ropa limpia. Elvira seguía durmiendo o fingía que estaba durmiendo. Bajé a la plazoleta.
El olor a muerte no se me había ido, pero no era el de la prefabricada. Era parecido, sí, pero este era el olor a muerte que está en la cabeza y a veces despierta y pasan días y hasta meses para que desaparezca. Es el olor que se esconde en la niebla de la cabeza de todos y se expande como un gas venenoso por las calles. Basta ver las caras del alrededor, basta ver los ojos secos y las líneas que forman las bocas, como grietas en una roca, basta sospechar los soles en ruinas que hay detrás de esos ojos, esas bocas, esas caras.
Estuve sentado en la plazoleta mirando de vez en cuando hacia la ventana de nuestro dormitorio. Me preguntaba si los copos habrían dejado de girar. Veía el cuerpo de la suicida arriba del colchón que se superponía con el cuerpo moreno y relajado de Elvira. Veía las manos sucias de sangre y pólvora, las manos que infinidad de veces habrían agitado la bola y luego, con los ojos cerrados, veía mis manos llenarse de copos que caían lentos y definitivos. Por momentos pensaba que jamás volvería a tocar esa bola de nieve. Por momentos me daba ganas de subir al departamento y agitarla hasta que se me durmieran las manos.
Cuando Elvira encendió la luz del dormitorio crucé la avenida y caminé hacia el sur. El kiosco de la estación era el más cercano y yo estaba sin cigarrillos desde hacía casi dos horas.