“Sergio Clandestino en la ESMA”: una nueva perspectiva para pensar la última dictadura

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    Tapa Sergio clandestino en la ESMA
MEMORIA Y NARRATIVA

“Sergio Clandestino en la ESMA”: una nueva perspectiva para pensar la última dictadura

25 Diciembre 2022

Fin de año, para nosotros, las argentinas y los argentinos, es sinónimo de “fiestas” y “rendición de cuentas”. Unas fiestas raras, con algodón en las ramas de los pinos haciendo de cuenta que es nieve, con 40 grados de calor a la sombra. Igual, más raras son las cuentas, por cierto, pues en ellas suelen mezclarse las columnas del Debe con las del Haber y nunca estamos convencidos de si en el resultado salimos ganando o perdiendo —por lo general, más lo segundo que lo primero. Al que le gusta ejercitar este tipo de contabilidad, el libro de Daniel Tarnopolsky, Sergio clandestino en la ESMA, le va a venir como anillo al dedo. Es un libro que intenta saldar cuentas. Son cuentas familiares, pero también sociales, he aquí uno de los problemas. A mí me gusta este tipo de problemas, porque abre o debería abrir debates que parecen saldados, aunque nunca se plantearon francamente. Algunas cosas no podían decirse —o se decían a escondidas. Daniel Tarnopolsky las plantea ahora de nuevo. ¿Es decir que con el libro Tarnopolsky logra saldar sus cuentas pendientes? No estoy seguro. Son cuentas insalvables, de hecho.

¿A qué género pertenece lo que leemos? ¿Son unas memorias o es una novela? Y sí, puede ser catalogado como novela, aunque la historia la sabemos de memoria, hace tiempo que estamos enterados del final: “si ya están todos muertos”, como escribe el narrador. Salvo Daniel, todo el resto de la familia cercana (sus padres, su hermano mayor y su hermana menor, entre otros) desapareció. Su hermano es el famoso “héroe” montonero que le transmitía información a Rodolfo Walsh, que este hacía pública por medio de su prensa clandestina (en el libro aparecen los extractos de los textos de Walsh donde está volcada esa información). Por otro lado, fue el que intentó poner una bomba en la ESMA, donde estaba haciendo el servicio militar. Lo agarraron y se vengaron haciendo desaparecer a toda su familia. El único que sobrevivió fue Daniel, que desde aquella época, cuando tenía 18 años, hasta ahora, que tiene más de 60, no puede perdonarlo y está en una guerra intestina con sus recuerdos y con su vida. En esto consiste en verdad la sustancia de la que están hechos los fantasmas. No son entes con sábanas que aúllan en la noche, son enunciados que resuenan en la imaginación y carcomen el cerebro del que los sobrevive.

Sergio clandestino en la ESMA intenta ser un diálogo con esos fantasmas: perduran los reproches, las broncas, en algunas páginas hasta se escuchan los gritos con los que se ensordecían en la adolescencia.

Sergio clandestino en la ESMA intenta ser un diálogo con esos fantasmas: perduran los reproches, las broncas, en algunas páginas hasta se escuchan los gritos con los que se ensordecían en la adolescencia, cuando Sergio era un militante comprometido y Daniel le quería explicar que Perón los había abandonado, lo mismo que había hecho su conducción, que según lo que dice el narrador súper omnisciente (súper-omnisciente porque hasta conoce los tartamudeos que los fantasmas hubieran tenido si estarían vivos), estaban en Europa haciendo aritmética con los muertos —en algunas páginas, el narrador, que es un hombre maduro, parece volver a ser aquel niño y adolescente que se sentía desubicado con respecto a los suyos —evidentemente el narrador siempre se sintió “no querido” por sus padres y sus hermanos: “Te voy a decir una cosa/toda la vida hiciste lo mismo:/siempre lo elegiste a él”, le dice el narrador al “fantasma” de su padre.

Por lo resonante del caso y la historia de la familia, Daniel viene viviendo estos diálogos lacerantes que por fin vuelca en una página. Obviamente que lo planteado por el libro supera los límites de los conflictos familiares. Estos conflictos familiares son privados y públicos al mismo tiempo, son políticos e ideológicos. Responden a imaginarios diferentes y en un punto, irreconciliables. Es una disputa que atraviesa a la sociedad como una grieta, como si cada uno hablara una lengua que el otro se negara a entender.

Tarnopolsky cree, se ve, en el poder curador de la palabra. Cuenta las dificultades reales y físicas que le imposibilitaban hablar de estas cosas, hasta que su hija menor un día le reprochó no hablar nunca de él, su hermano, y lo instó a escribir sobre ellos dos y sus diferencias. Daniel expone con claridad estas diferencias y lo que él pensaba y piensa de la decisión política de su hermano, que arrastró a toda la familia al torbellino de la desaparición. Hace esto, que es mucho, pero nunca pierde de vista cuál es el verdadero enemigo: no su hermano ni la gesta heroica, sino los militares desaparecedores. Nadie creía que podían llegar a semejante plan sistemático de aniquilación, repiten varias veces distintos personajes del libro.

Para lograr un planteo más o menos honesto de estas diferencias, Daniel se vale de un recurso extraordinario: inventa una pseudoteoría sobre la transmigración de las almas y una especie de unificación de todos los espíritus de los muertos en un más allá donde pierden su individualidad y se funden en el Uno. La energía con la que estos espíritus se comunican con los vivos se abre cuando estos son sensibles a esa invocación. Tiene algo de diálogo platónico este recurso.

El aporte fundamental del libro de Tarnopolsky es presentarnos esas dudas existenciales que conducen a enunciados que el tolerante sentido común progresista no quiere escuchar: ¿cómo poner en duda la opción política que eligieron las víctimas, sin renunciar un ápice al amor que se siente por ellas?

Para mi doctorado leí cientos de novelas y relatos sobre la Dictadura, ese momento histórico auténticamente siniestro que parió la democracia que aún defendemos. Es una literatura que me resulta difícil clasificar: ¿dónde empieza la ficción? ¿Dónde la realidad y la memoria? Son documentos en los que lo individual y lo colectivo se funden. Cuando concluí el doctorado, invadido por tantas contradicciones como cuando había empezado (creo que lo que intenté hacer en la tesis es comprender mi propia formación escolar, que empezó unos años antes del Golpe y terminó con la misma Dictadura, en 1984: es decir, nosotros somos el auténtico “producto” del Proceso de Reorganización Nacional), me prometí no volver a visitar ese pasado, lo que es literalmente imposible, pues es un pasado que se agazapa a la vuelta de cada página. El aporte fundamental del libro de Tarnopolsky, en mi modesta opinión, es presentarnos esas dudas existenciales que conducen a enunciados que el tolerante sentido común progresista no quiere escuchar: ¿cómo poner en duda la opción política que eligieron las víctimas, sin renunciar un ápice al amor que se siente por ellas? ¿Cómo resucitar discusiones que fueron acalladas por la prepotencia de los hechos, pero que quedan pendientes en la consciencia del narrador tanto como en el imaginario colectivo? ¿Quién no tiene cuentas pendientes con su pasado, viviendo como lo hacemos en una sociedad que “eligió” sacrificar a su juventud con tal de sobrevivir ella? Es un libro incómodo que se instala más allá de lo que nos gusta o no porque habilita una línea de reflexión que estaba vedada o muy poco transitada hasta este momento, una reflexión que tanto ayer como hoy presenta diferencias políticas e ideológicas con los seres que se ama y que fueron desaparecidos.