"Riesgo de extinción", de Thomas Moynihan: cómo la humanidad descubrió su propio final

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ENSAYO

"Riesgo de extinción", de Thomas Moynihan: cómo la humanidad descubrió su propio final

19 Abril 2026

El ser humano se volvió mayor de edad, según lo que afirma Thomas Moynihan en su libro Riesgo de extinción. Cómo la humanidad descubrió su propio final (editorial (i)nterferencias), cuando tomó consciencia, no de su muerte (cosa que sabemos desde hace miles de años), sino de la extinción de su especie: “Al descubrir la posibilidad de nuestra propia extinción nos dimos cuenta de que debemos pensar cada vez mejor ya que, de no hacerlo, es posible que nunca más volvamos a pensar”.
Frente a semejante afirmación, incluso para un ex filósofo se hace imperativo preguntarse: ¿pensar? ¿Qué entenderá este muchacho por “pensar”?
Pero vayamos paso a paso.

¿Cuándo ocurrió esto de habernos convertido en seres maduros? La fecha es tan precisa como decir que fue en el origen de la época moderna, en algún momento entre fines del siglo XVII y el comienzo del XIX, con Kant, digamos (ya que es él el que patentó esta idea). En todo caso es el momento en el que el pensamiento se queda sin la coartada de los dioses para enfrentar su precariedad y su finitud.
Se encuentra solo en un universo sin vida.
Moynihan descubre que por esas fechas el concepto “inorgánico” cambia de significado: de servir para denominar la materia con la que están hechos los ángeles, pasó a significar la materia que no tiene vida.
Nacemos solos y morimos solos.

A esa pequeña mutación, entonces, habría que sumarle que todo el infinito universo, salvo una excepción extraordinaria, es inorgánico, silencioso y sin vida. Esa excepción es el planeta tierra y en particular la especie humana.

Lo interesante (palabra que detesto) es que Moynihan tiene una postura positiva sobre este hecho, a diferencia de una gran parte de la bibliografía crítica, que suele tener una postura negativa sobre el rol del ser humano con respecto a sus deberes y hechos en la historia. Es una especie exterminadora.
Pero como heredero de la ilustración, Moynihan asegura que “nos hemos convertido en seres capaces de ir más allá de nuestros propios apetitos egoístas para considerar no solo el bienestar de la especie, sino el de otras especies, otros seres y otras biosferas”.
¡Eureka!

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Libro Riesgo de extinción

Pasa que parte de un engaño pues evidentemente cree que nuestra especie, los humanos, es una unidad homogénea —de hecho, me enerva que Moynihan hable de “humanidad” como si ésta fuera un sujeto unitario. Y que por ende crea que los que tomaron el control con respecto a lo que nos corresponde como especie sean seres parecidos a él. Pero no, no son seres parecidos a Moynihan ni tampoco parecidos a mí y ni siquiera a los lectores de estos renglones insignificantes: casi son de otra especie humana. Están planeando emigrar a Marte mientras nosotros nos hundimos en la miseria, el calentamiento global (Moynihan habla de “cambio climático”, término que tampoco me gusta) y la desinformación redundante.

Los docentes universitarios a veces nos olvidamos de esta desigualdad y de esta injusticia, pues vivimos en un mundo en el que los libros tienen mucho significado —basta con ver la cantidad y la calidad de los autores que cita Moynihan, para no hablar de los cientos de pies de página que jalonan su pensamiento.
Sin conocer el origen de este libro, puedo sospechar que proviene de una tesis de doctorado bastante insólita, que abunda en pensadores estrafalarios (los que más me entusiasmaron son los rusos de principios del siglo pasado), que proponen hipótesis a favor o en contra de la humanidad como gobernanza del universo, que no son ciencia ficción porque ellos inventaron un género que llamaría: ficción ensayística o ensayo ficción.
Escriben como científicos, pero piensan como ensayistas. Al libro de Moynihan lo pondría dentro de este género.
Queda pendiente la pregunta: ¿qué significa pensar?, pregunta tan vieja como el mismo pensamiento, que en el siglo pasado el gran chanta de Heidegger volvió a revitalizar.
Pensar es soportar la nada.