Salvar la clase media (hasta de ella misma) para evitar una sociedad dicotomizada

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    Javier Milei en el bunker_Noelia Guevara
    Foto: Noelia Guevara
POR QUÉ SOMOS IDIOTAS

Salvar la clase media (hasta de ella misma) para evitar una sociedad dicotomizada

05 Marzo 2024

En la tarea de averiguar cómo enfrentar al establishment siendo oposición, podemos arrancar desde ese lugar común que dice “todo país tiene el presidente que se merece”, lo que puede significar distintas cosas. La relación entre el representante y el representado no es la misma que mantiene el mapa con el territorio, pero nos ayuda a la hora de esbozar el perfil de una identidad.

Vamos a interpretar literalmente por qué los argentinos nos “merecemos” al presidente que supimos ungir, es decir, cómo Milei (sin analizar su nombre, todo un tema para un anarcolibertario ultra liberal) representa algo esencial de los argentinos. Si en la victoria del actual presidente, Tik Tok tiene mucho que ver, como personaje político es, sin duda, un ser televiso.

Tal vez lo dicho pueda sonar obvio, incluso puede ser obvio, pero no quita que sea doloroso. Nos “merecemos” personajes como Milei porque somos idiotas. Idiota es una palabra griega que significa que esa persona no habla con otro, que habla sólo consigo y, por eso, no tiene capacidad de reflexión. Y es eso lo que nos está pasando.

No decimos que nuestro presidente sea idiota. De hecho, genera una cantidad innumerable de eventos chatarra para que nosotros nos la pasemos pidiendo explicaciones o denunciando lo incomprensible. Cuando nos indignamos y nos demoramos en estas noticias de humo fácilmente reemplazables, somos unos idiotas.

Nos la pasamos discutiendo banalidades mientras el poder real intenta demoler a martillazos los cimientos de nuestra sociedad, que sin lugar a dudas tiene su centro de equilibrio en las clases medias (no hay UNA clase media, hay varias), el enemigo auténtico de este proyecto político.

 

Una parte de la clase media que trabaja en alguna relación de dependencia con el Estado se convierte en referente del abracadabra de la Casta.

Mientras desparraman noticias agresivas e idiotas (que hasta podemos catalogar de alarmantes, pero son insignificantes al lado de la acción política real), van construyendo la idea de que el Estado es un ente malvado que se instituyó para reprimirnos, normalizarnos y emprobrecernos, mientras que otros, la Casta, se enriquecieron a costa nuestra, por intermedio (justamente) de la apropiación del Estado.

Son planteos teóricos que se asemejan mucho a lo que aprendimos de memoria en la obra de Michel Foucault.

En un país quebrado, con mitad de la población rondando la línea de la pobreza, con una sociedad irreal sostenida por subsidios proporcionados por el Estado, una parte de la clase media que trabaja en alguna relación de dependencia con el mismo se convierte en referente del abracadabra de la Casta.

No decimos que esto sea así sino que así lo puede ver un sector de la sociedad. Aquel que no tiene aguinaldo, que si se enferma y no trabaja, no cobra; ve en aquellos que sí tienen ese respaldo como privilegiados, más si están en el Estado, sin detenerse a pensar si son médicos que pueden llegar a atenderlos en el centro de salud al que asisten porque se quedaron sin obra social o sean los docentes que educan a sus hijos en la escuela pública.

Si de alguna manera la Casta se refería a la clase política (una subclase dentro de esa panclase que es la clase media), en verdad al enemigo al que remitía era a la clase media misma. Y más allá de los cientos de motivos por los cuales se nos hace difícil defenderla, con sus dobleces y sus hipocresías, frente a este panorama no queda otra que hacerlo.

Porque las políticas de este gobierno apuntan una vez más a hacer desaparecer a esa clase social tan singular que existe en nuestro país e ir hacia una sociedad más dicotomizada. De lo que se trata es de ampliar las fronteras de esta clase media universal, no de aniquilarla y bailar sobre sus propias cenizas, como quiere hacer este gobierno que una vez más pretende reorganizar nuestra nación.

Empezamos la nota diciendo que nos merecíamos a Milei. Primero, nunca hay que subestimar al enemigo. Siempre hay que pensar que el enemigo va a ganar. Tenemos que hacer todo lo posible para que tal cosa no ocurra, pues si es cierto que parecen tan torpes que siempre fracasan en sus proyectos de reorganización nacional, también hay que aceptar que nosotros no terminamos de imponer nuestro imaginario social, como si fuéramos tan torpes como ellos.

Solo que ellos están ganando esta guerra, no importa las masacres que hagan. Parece que fracasan, pero como son reemplazables (nosotros creemos en sustancias, Cristina es un líder carismático y por ende irremplazable, nos guste o la detestemos), siempre encuentran una nueva máscara para reencarnar.

Endeudan al país, esfuman la plata como ni Fu Man Chu lo hubiera logrado, y ganan de nuevo las elecciones para acabar con todo lo que se había construido hasta ese momento.

Y lamentablemente pueden lograrlo, más por nuestra idiotez que por sus capacidades. Enfoquémonos en lo importante: ahora, desde la oposición, construyendo un discurso inclusivo, convincente y realista. Después, cuando la catástrofe haya sido ¿consumada? ¿evitada? ¿sobrellevada? habrá que implementar un plan sistemático que no sea disparar contra el capital, sino consolidar una regulación consistente de la riqueza.