La cuestión Malvinas y la fuerza telúrica del pueblo-nación

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    Foto: Noelia Guevara
DEBATES

La cuestión Malvinas y la fuerza telúrica del pueblo-nación

14 Abril 2026

Traer a la conciencia a Malvinas en nuestro país moviliza una carga afectivo-emocional, da una forma específica a esa pulsión tan humana de la pertenencia, el arraigo, el saberse más que uno. La cuestión telúrica se expresa desde el vamos en una de sus representaciones simbólicas más instituidas: “Ningún suelo más querido de la Patria en la extensión” como reza la Marcha de las Malvinas. Y es esta cuestión del suelo lo que define una suerte de domicilio existencial, “punto de apoyo espiritual” de nuestra cultura, para un filósofo como Rodolfo Kusch, en su obra Geocultura del hombre americano.

Hablamos de una sentida causa nacional que representa uno de los núcleos más potentes de la cultura popular argentina, expresado en canchas, barrios, escuelas, oficinas, en banderas, pintadas, placas, murales, stickers y un sinfín de expresiones afines. Así, cual “núcleo de buen sentido” gramsciano que anida y late con fuerza en el seno de nuestro pueblo, el símbolo Malvinas evidencia la usurpación y el saqueo imperial colonial en nuestro territorio.

A la vez, pone sobre la mesa la afirmación y el orgullo nacional en primer plano (“Las Malvinas son argentinas”), frente a un aparato de dominación ideológico-cultural que nos invita recurrentemente a la auto denigración nacional (la remanida idea de ser “un país de mierda”).

Este componente afirmativo y antiimperialista, a su vez, no es abstracto sino concreto en oposición a la potencia que arrebató ese pedazo de suelo, y ello guarda estrecha relación con el carácter de lo argentino, al menos con una de sus líneas históricas. Es por ello que Jorge Abelardo Ramos explica la argentinidad como hija de la defensa de Buenos Aires frente a las invasiones inglesas, en la Reconquista de 1806 y la Defensa de 1807: “la milicia se hará ejército y el nativo se hará argentino al nacer ambos para la historia en lucha con Inglaterra… así quedan bautizados los hijos del Plata (del latín ‘argentum’1) para siempre” (Historia política del Ejército argentino: de la logia Lautaro a la Guerra de Malvinas, Ed. Punto de Encuentro, 2019, p. 14).

Luego de la derrota de aquellas invasiones en Buenos Aires, en 1833 volverían a la carga en una tercera y victoriosa invasión en las Islas Malvinas, expulsando la Comandancia político-militar que las Provincias Unidas del Sur / del Río de la Plata habían asentado allí en 1829, heredando las posesiones virreinales españolas luego de la Revolución de Mayo y la independencia.

En fin, Malvinas nos recuerda que somos argentinos. Simplemente somos: porque nosotros estamos, como señalara Juan Carlos Scannone, referente de la teología del pueblo y la filosofía de la liberación, como base y punto de apoyo del pensar y la reflexión filosófica “desde acá”, en contraste con el ego cogito de René Descartes, que funda el punto de partida de la filosofía moderna (occidental). Y siendo que somos no da igual que vengan los grandes poderes del mundo moderno a quitarnos tierras, doblegarnos, saquearnos, imponernos cómo tenemos que ser. Si terminamos aceptando y consintiendo esta dominación, resignados y escépticos, o en clave colaboracionista, es porque no estamos expresando lo que somos.

La guerra de Malvinas como hecho social constituye una de las últimas grandes experiencias sociohistóricas donde esto no pasó. Hubo argentinos dispuestos a dar la vida porque somos. En el tiempo presente, se logra transgredir grietas en torno al canto por los “pibes de Malvinas que jamás olvidaré”. En ese fuego y al calor de la historia vivida en carne propia por estas tierras, algo así como un enviado del cielo, nacido en la villa, nos trajo la mayor redención simbólica en el formato del fútbol mundial. Del fuego de la entrega de esos “pibes” que fueron a la guerra porque somos, se alimentó en el alma y alimentó el alma de sus compañeros de equipo Diego Armando Maradona. Otro potente ícono de este pueblo-nación en su carácter cabalmente plebeyo, rebelde, insumiso, guerrero, complejo y controversial, por demás argento, nuestroamericano y de todos los oprimidos.

La potencia del sentido y el amor propio

Nosotros somos porque estamos en un lugar y, allí donde fuimos siendo, las experiencias sociohistóricas que nos fueron marcando constituyen muchas veces un espejo duro de ver, o en el que entrar en resonancia, desde este difícil presente de nuestro país. Allí la angustia como experiencia colectiva. Angustia que es la antesala necesaria para atrevernos a atravesar una nueva individuación como pueblo; es decir, una nueva instancia donde encarnemos lo que somos y podemos ser desde el potencial que nos habita.

La cuestión Malvinas nos recuerda que somos y que supimos plantarnos por ello. Malvinas implica una cuestión soberana, auto-afirmativa: el sentimiento hondo de lo propio, de una vocación nacional, no colonial: no nos creemos un pueblo superior elegido de Dios, ni que la vida de un argentino vale más que la de otro ser humano. Simplemente somos otro pueblo, somos Argentina. Retomando una categoría de Carl Gustav Jung, el arquetipo que resuena fuerte acá es el sí-mismo, el cual constituye ese dónde hacer pie en el proceso de individuación: sentido profundo, auténtico, propio, para el despliegue de los potenciales que nos habitan.

La profunda crisis de representación política en la que nos encontramos trajo, ante la parálisis y la angustia, un resurgimiento de las resonancias colectivas en torno a causas y espiritualidades populares compartidas. Ojo, aquí destacamos no las espiritualidades de la dominación, con las que logran catalizar las orientaciones espirituales de nuestro pueblo en función de la subordinación al imperialismo y el subyugamiento de nuestros pueblos y los ecosistemas de los que formamos parte, sino las espiritualidades de la liberación, que también conviven y disputan con ellas. El tema es que la política muchas veces es impostación y la espiritualidad genuina nunca puede ser impostada, como quien da la vida por la liberación de su pueblo y —¿por qué no?—  de la humanidad y la vida toda.

Ahora imaginemos que la cuestión Malvinas es un anzuelo que logra penetrar en las profundidades telúricas del modo en que particularmente se expresa el inconsciente colectivo en nuestro pueblo. Si la metáfora es que ese anzuelo logra “pescar” algo: ¿Qué es lo que logra traer consigo desde dicha profundidad?

Todavía no encuentra representación política clara, pero algo se está cultivando en las resonancias de lo social, en las nuevas voces que comienzan a tomar la palabra desde abajo: en los y las jóvenes que se rebelan contra la sumisión y la entrega y destrucción de nuestras capacidades, recursos y territorios, en las vigilias australes por Malvinas, en la defensa de lo propio y el llamado a volver a ponernos de pie. Ello exige manifestación auténtica (no simulada) para enfrentarse a los proyectos de dominación que asedian cada vez más a nuestros pueblos. Algo de esta autenticidad y recuperación de una espiritualidad para la liberación social, y no del liberalismo de mercado, nos trae, también, la cuestión Malvinas.

1 En alquimia el ‘argentum vivum’ representa a mercurio: expresión material y simbólica del coincidir de los opuestos; en concordancia con el mixturaje que caracteriza a nuestro pueblo-nación.